Si ustedes creen todavía que Mac Guiver era una serie, allá ustedes, no conocieron a mi abuela Elisa, recordarla me llena de alegría y orgullo.
Salir a pasear con mis padres era una aventura(eso les iré contando otro día) pero si te acompañaba la abuela era un pasaje a lo desconocido.
Hasta el día de hoy, ni siquiera mi padre, podemos saber como lo hacía, pero que la abuelita tenía su secreto era verdad. Cada uno de nuestros viajecitos salíamos sin una hoja de ruta o un destino fijo, así que estaba permitido hacer lo que queríamos y donde queríamos, esa era la única regla. Todos subíamos al auto después de desayunar y con algunas cosas como cañas de pescar, mallas, sombreros, pantalla solar, repelente, algunas facturas y jugo.
Pero como siempre nos pasaba, recorríamos lugares donde nadie había ido (eso era turismo aventura)y terminábamos cerca de algún arroyo, laguna o río. Allí empezábamos a pescar, nadar, cazar y divertirnos todos juntos, salvo la abuela que no le gustaba el sol, así pasaban las horas y cuando estábamos cansados o teníamos hambre volvíamos con la nona. Ahí estaba el misterio(porque nunca supimos como lo hacía)pero ella tenía la mesa servida sobre el pasto con la comida hecha(con lo que cazamos o pescamos)con ensalada y todo, el fuego prendido, la lecha caliente si eran las cinco, una tienda de campaña para dormir con almohadones y todo.
Magia, ¿cuándo metía las cosas en el auto, dónde, cómo conseguía la leche?, no le pudimos preguntar nunca(falleció en 1983)pero ella siempre decía que Dios había puesto las cosas ahí para comerlas preparaba ensaladas con brotes, raíces, huevos que recolectaba condimentaba la comida con hierbas y la leche sospecho que alguna vaca anda enojada por ahí, pero ella se las ingeniaba para darnos de comer rico y sano hasta nos hacia un pan asado.
Como olvidarte de algo tan hermoso y feliz, ella era la que nos esperaba cada 27 de diciembre en la puerta de su casa con unas tortas negras(se llaman cara sucia)y la leche con chocolate de cáscara, nos hacía raviolones caseros y ñoquis de colores, nos tejía gorras de lana para el invierno y nunca nos dejó que nos faltara nada en nuestros paseos (la reina de la logística).
De esta abuela sacamos la sabiduría, el saber cocinar las cosas saladas, la organización, la alegría de no discutir por idioteces, siempre decía que en su mesa nunca se debía pelar por política, futbol o religión, salvo que algún día un político, un futbolista, o un religioso pagara la comida que ella servía. Así era Elisa con sus 40 kilos y un metro cincuenta, era más grande que mi papá con sus casi dos metros, solo una mirada al nene y bastaba.
Otro día les contaré sobre mi otra abuela Anita, todo un personaje.